Pre/escritores

14º CONCURSO DE PRE/ESCRITORES
PRE/U – Itaú


BASES

PARTICIPANTES

Podrán participar estudiantes de 1er año de Bachillerato (4º de liceo) de todos los liceos públicos y privados del país nacidos después del 1º de marzo de 2001.

El concurso tiene tres instancias:
  1. Cuento (enviado por correo, correo electrónico, o personalmente).
  2. Encuentro de escritores: segundo cuento y taller sobre técnicas narrativas.
  3. Fallo final y entrega de premios.
  1. CUENTO
     
Los participantes deben entregar los trabajos escritos de acuerdo con las condiciones del concurso.

CONDICIONES DEL RELATO
  • Los relatos deberán ser cuentos originales, inéditos, y no haber sido seleccionados o premiados en ningún otro concurso literario antes de la terminación total del presente certamen.
  • El tema de la primera instancia tomará como motivo central la amistad. A veces se confunde al amigo con un contacto, un compañero o simplemente alguien con quien se comparte la diversión. Sin embargo, todo aquel que ha tenido oportunidad de conocer la verdadera amistad sabe que es algo muy distinto. Sugerimos como frase disparadora: “Amigos de verdad” (no es necesario utilizar la frase textual)
  • Cada concursante enviará un ejemplar escrito en fuente Arial tamaño 12, interlineado a espacio y medio. Los relatos deberán tener título y una extensión comprendida entre 2 y 5 páginas (formato A4). No se podrá presentar más de un relato por concursante.
  • El incumplimiento de cualquiera de estas condiciones determinará automáticamente la exclusión del relato remitido.
  • La presentación al concurso supone la plena aceptación por el concursante de las presentes bases, que podrán ser interpretadas por el Jurado en aquellos aspectos no previstos en las mismas.
  • Los cuentos recibidos se considerarán definitivos a todos los efectos, no pudiendo sus autores realizar adiciones, rectificaciones, o modificaciones posteriores.
  • Al final del relato deberán figurar los datos del concursante: nombre completo, cédula de identidad, fecha de nacimiento, dirección, teléfono, liceo donde estudia, correo electrónico.
  • Los relatos no premiados serán destruidos, no admitiéndose peticiones de devolución.
 
PLAZO Y LUGAR DE PRESENTACIÓN

Los trabajos podrán ser entregados en la sede del PRE/U, personalmente o por correo certificado, en sobre cerrado dirigido a:
 
CONCURSO de PRE/ESCRITORES
PRE/U – Itaú
Morales 2640 esq. Canning
11600 – MONTEVIDEO,
o bien enviados por correo electrónico a prescritores@preu.edu.uy
 
Los relatos serán recibidos hasta el lunes 21 de agosto a la hora 20.
 
2.  ENCUENTRO DE ESCRITORES: SEGUNDO CUENTO Y TALLER DE TÉCNICAS NARRATIVAS
El Jurado considerará todos los relatos que sean enviados en el período de recepción, y convocará a los concursantes a una prueba presencial en la sede del PRE/U el sábado 2  de setiembre, en la que deberán confeccionar un relato de no más de tres carillas, de acuerdo al tema propuesto por el Jurado. Ese mismo día, también participarán de un taller sobre técnicas narrativas.
 
3.  FALLO FINAL Y ENTREGA DE PREMIOS
El Jurado considerará la evaluación de la primera y la segunda entrega, a partir de lo cual quedarán seleccionados y premiados un máximo de quince concursantes, a quienes se invitará a la entrega de premios. Este fallo del Jurado, que seleccionará a los finalistas, se dará a conocer por correo electrónico o teléfono en la semana comprendida del 2 al 6 de octubre de 2017. Se publicará también en la página web del PRE/U, http://www.preu.edu.uy/.
El Jurado seleccionará y premiará entonces a los tres elegidos como mejores Pre/escritores. El fallo del Jurado se dará a conocer el día sábado 7 de octubre a las 11 horas y será inapelable.
 
EL JURADO
  • El Jurado que fallará el Concurso estará compuesto por la Dra. Sylvia Puentes de Oyenard, Lic. Álvaro Secondo y Prof. María del Huerto Prato.
  • El Jurado, que quedará válidamente constituido con la asistencia mínima de dos de sus miembros, adoptará sus acuerdos por mayoría de los miembros presentes. El voto del Presidente, en su caso, será dirimente.
  • En función del número de relatos que se presenten al concurso, los organizadores se reservan el derecho de practicar una preselección conforme a los criterios que establezca el Jurado.
  • Las decisiones finales adoptadas por el jurado serán inapelables.

CRITERIOS GENERALES DE LA EVALUACIÓN


En la evaluación se tendrán en cuenta los siguientes aspectos:
  • Respeto de todas las condiciones establecidas en las bases del Concurso.
  • Estructura del escrito, riqueza, adecuación y precisión del vocabulario, puntuación, aspectos morfosintácticos y ortografía.
  • Calidad literaria en la expresión de valores humanos, sociales, culturales y/o espirituales.
  • Riqueza de ideas y creatividad.
 
 
PREMIOS GENERALES
1er PREMIO
  • Trofeo PRE/U - “Itaú”
  • Un notebook, donación de Itaú
  • Entradas de cine para dos personas, donación de Movie.
  • Un pasaje a Buenos Aires en Buquebus
  • Un par de championes
2º PREMIO
  • Trofeo “PRE/U”.
  • Una tablet, donación de Itaú.
  • Entradas de cine para dos personas, donación de Movie.
  • Un pasaje a Buenos Aires en Buquebus
  • Un par de championes
3er PREMIO
  • Entradas de cine para dos personas, donación de Movie.
  • Un pasaje a Buenos Aires en Buquebus
  • Un par de championes
Los restantes 12 finalistas del certamen se llevarán libros donados por El Observador e Itaú (este número de finalistas puede variar a criterio del jurado)



1º premio PRE/ESCRITORES 2016
Silva Santa Cruz, Camila
Liceo Nº 1 de Melo

ORÍGENES

Me desperté con una sensación rara. Sentía que había algo más, algo más que yo no sabía y que debía saber, y que me impedía avanzar. Esa fría noche de julio había traído a mis sueños recuerdos del abuelo, de sus historias alucinantes, de la “manta mágica” que me regaló algún día con el cuento de que podría lograr cualquier cosa con ella, la misma que me abrigaba cuando escuchaba sus historias, y que sigo atesorando. También un recuerdo vago de que siempre nos recalcaba que nuestro origen es lo que somos y nos hace especiales, de protegerlo y valorarlo, aunque en ese entonces no tenía idea a qué se refería. Y que lo extrañaba mucho, pero eso no era noticia.
Ya había pasado un mes desde que se fue con la abuela a un mundo mejor, como decía él. Claro que no lo hizo solo, sino con la ayuda de su “amigo” el cáncer, vaya amigo y compañero de los tormentos. En fin, la nostalgia había comenzado a invadirme y ya sabía qué hacer, ir a un lugar donde revivir su esencia; su biblioteca.
No pude evitarlo. Al segundo que entré largué el llanto. ¡Es que lo extrañaba tanto! Y el aroma de su perfume que todavía nos acompañaba no era de gran ayuda. Traté de calmarme y realicé una rápida vista panorámica. Era un bombardeo de recuerdos y la cara del abuelo en primera plana. Comencé a caminar hacia su escritorio y me senté en su silla, la que ahora parecía tener lugar de sobra, y pude notar una llave horriblemente mal escondida debajo de un block de notas. Nunca la había visto antes, y el abuelo nunca la había mencionado, pero eché un vistazo y el único lugar con cerradura era el cajón de su escritorio.
Lo abrí, pues con la curiosidad no puede cualquiera, y me esperaba encontrar, no sé, oro, joyas, porque para no haberlo mencionado debía ser algo grande. Pero lo único que encontré fue un diario polvoriento y viejo, muy viejo, tan viejo que podría haberle pertenecido a Cristo. ¿Qué tanto misterio? ¿Por qué no estaba enterada de ese diario? Porque el abuelo siempre decía que yo era su favorita, y me contaba todo y… bueno, me estoy yendo por las ramas, el punto es que empecé a leer…

 CAPÍTULO 1
“…Más que ciudad, campo. Más que desarrollo, subdesarrollo. Más que poblado, despoblado. ¿Cómo se puede vivir en un “país” sin caminos ni alambrados? Sin más vías de comunicación que el caballo y la carre…”
 -¡Cuidado niña!-
De repente salen de la nada cinco caballos atolondrados con sus jinetes, de poncho y chiripá, que casi me atropellan.
Obviamente me di cuenta que aquello no tenía sentido alguno. ¿Sería una especie de broma de mal gusto? Porque apenas llevaba unos minutos en ese lugar, un poco distinto de la biblioteca del abuelo, y preguntas existenciales se habían vuelto frecuentes en mi cabeza. Y adivinen quién tenía las respuestas, yo no.
A juzgar por el aspecto de ese lugar sin caminos ni alambrados, saqué la conclusión que estaba más o menos en 1875, bajo el mandato de Lorenzo Latorre. Perdonen mi ignorancia pero no se mucho más de respuestas. Entre tal desasosiego, incertidumbre y duda ya había caído la noche. Por supuesto yo permanecía sin rumbo, así que decidí tocar de puerta en puerta hasta que alguien me cediera un lugar en su casa, solo para pasar la noche. No lo conseguía, creo que por mi aspecto de adolescente de algún siglo futuro, pensarían que era rara, quién sabe. Hasta que una amable viejita de rasgos indígenas, poco comunes después de la época de la colonia, dejó quedarme con ella. Algo llamó mi atención, un diario abierto arriba de la mesa, parecido al del abuelo, pero estaba tan cansada que ni sabía lo que veía. Entré agradecida pero le rechacé el puchero que tenía en la olla y que me ofreció, para irme a dormir que estaba muy cansada. Me acosté, con la idea de despertarme en mi casa, con mi familia y mi perro Tito a los pies de mi cama, con la ilusión de que todo ese día no había sido más que un sueño feo, con el que me reiría más adelante. Pero qué ingenua fui.

CAPÍTULO 2
Cuando desperté recibí un golpe de la “realidad”. Apenas abrí los ojos noté algo diferente en la casa, pero no sabía qué era. No le di importancia hasta que un hombre de pañuelo blanco, bombacha y botas entró a la habitación. -Buenos días muchachita, qué susto me has pegado ¿eh?- dijo con su voz ronca. Como al parecer notó una expresión de confusión muy grande en mi cara, prosiguió: -Soy Aparicio, Saravia. Ayer te resbalaste y te golpeaste la cabeza, parece que te ha afectado la memoria. Nos conocemos desde que te encontré muy herida hace cinco años en el campo de batalla, y te traje conmigo. Así que vivís acá y me ayudas a crear estrategias para derrotar a este caudillo bandido- -¿Batlle y Ordoñez?- pregunté para asegurarme de que había puesto bien una respuesta en el escrito de historia. -¡No te atrevas a repetir su nombre en esta casa!- Luego de disculparse por haber levantado la voz, aproveché y le hice muchas preguntas. Primero por la viejita y me dijo que había fallecido pocos meses antes de encontrarme, y que él había comprado la choza y arreglado un poco. También lo interrogué sobre lo que era vivir un 22 de agosto de 1904 en plena revolución entre el partido nacional y el partido colorado. Agregó que yo acostumbraba llamarlo Apa. De repente alguien bajó la puerta de una patada. Nos estaban atacando los del bando opuesto. Saravia me llevó a una puerta secreta hacia un túnel bajo tierra. Yo tenía que entrar y huir, solo huir y no parar. Ya me había encariñado con él así que la despedida no fue fácil, pero sus órdenes fueron claras, así que obedecí. Era como un laberinto, con varias partes que llevaban a más callejones sin salida. Me estaba por rendir cuando de repente vi una sombra en una pared cercana. ¿Sería el hombre colorado buscándome? ¡Tenía tanto miedo! Pero no debí haber temido, porque no era más que un pobre campesino escapando como yo. Me acerqué para seguirlo, debería saber a dónde ir mejor que yo. Asustado se presentó, Emilio se llamaba, y como a él también le venía bien algo de compañía accedió a que siguiera con él. Después de eternos minutos amenazados por el silencio logramos ver luz. Nos dirigimos a ella y ahí estaba la salida al paraíso, bueno no tan paraíso. Salimos y lo que se presenciaba no era mucho mejor que la oscuridad del subsuelo, no lo que yo esperaba realmente; niños huérfanos buscando a sus padres, gente sumida en la pobreza. Emilio, que sospecho era descendiente indígena debido a sus pómulos, me invitó a su casa, ya que se dio cuenta que no tenía a dónde ir. Debido a sus comentarios percibí que era colorado. Apenas llegamos a su casa me presentó a su hijo Miguel, tenía 6 años y recién había entrado a la escuela. Mientras tomábamos un café, Emilio me contaba sobre la historia de su familia, lo que me recordó al abuelo y me hizo extrañarlo otra vez. Me preguntaba qué pasaría si todavía estuviera con nosotros, deseaba poder abrazarlo una vez más y que viviera la aventura en la que me había envuelto, conmigo. Ya no me interesaba lo que decía Emilio. Veía su boca moverse pero no escuchaba sonido alguno. Comencé a marearme. Se cayó el jarro de café al piso. Vi la cara del abuelo. Todo se desvaneció.

CAPÍTULO 3
Pude apreciar, en el reflejo de un vidrio mi cara, de pómulos prominentes y mi pelo lacio y negro azabache. De un momento a otro me golpea un diario en la cabeza. Cuando lo retiré para leer el titular decía lo siguiente: “Triste suceso en la ciudad de Montevideo. Muere José Batlle y Ordóñez hoy 20 de octubre de 1929”. No recuerdo al abuelo haber mencionado algo de Batlle, pero algo leí sobre su papel interventor y reformas significativas, principalmente en la ciudad. Pero no solo fue su muerte la que afectó al pueblo ese año. Si mal no recuerdo, 1929 era el año del crack de la bolsa de valores de Nueva York, desatando la catastrófica, mundialmente detestada y recordada Crisis del 29. En cualquier instante se reventaría una cuerda que sostenía al mundo, y se esperaba lo peor. Estas instancias eran en las que mamá me ayudaba a calmarme, y me recordaba que todo estaría bien. Pero ahora tendría que hacerlo sola. La mala noticia era que iba a ser un poco difícil convencerme ya que sabía, que nada estaría bien.

CAPÍTULO 4
Ya hacía cinco meses del Jueves Negro, o Martes, o... bueno no estoy segura, y desde entonces el tiempo había comenzado a transcurrir en cámara lenta. Justo cuando quería desaparecer y despertar en otra época totalmente distinta, el tiempo me jugó una mala pasada. Me las había arreglado quedándome en un orfanato, era eso o dormir en la calle. De todos modos la gente era muy amable y atenta. Allí conocí muchos niños con terribles experiencias, las que intentaban olvidar día a día, y yo también. Entre ellos una niña de pelo negro que se convirtió en alguien muy especial para mí en ese poco tiempo que compartimos, con la que de alguna manera sentía una conexión especial, que no tenía con los demás, como si ya la conociera. Y que por alguna razón se dedicaba todas las noches a escribir en un diario medio viejo y descolorido; parecido al que estaba en la mesa de la choza de la doña que había conocido apenas comenzando mi aventura. Aunque pedía a gritos regresar a mi casa, al parecer la travesía a través del tiempo no había terminado. Me esperaban muchas más sorpresas de las que ya había tenido. Quedaba un sinfín de horrores para contemplar, y secretos ocultos saldrían a la luz.

CAPÍTULO 5
Todo es borroso. Recuerdos inconclusos e instantes confusos. Así mismo todo formaba parte de un viaje aparentemente infinito, donde cada paso se convertía en una zancada, en donde obstáculos se convertían en barreras, y grietas, en pozos. Iba camino a reportarme como ciudadana judía en Viena (me confundieron, y no tenía otra opción que seguir la corriente, o me matarían). Era plena Segunda Guerra Mundial, y yo la vivía a flor de piel, donde nada humano o espiritual existía fuera del Estado, o eso era lo que Benito Mussolini decía. Cuando nadie veía, me escapé saliéndome de la fila. Corrí lo más rápido que pude, mientras de reojo veía a los policías persiguiéndome. Esquivé un disparo, pero no seguiría teniendo la misma suerte, tenía que escabullirme en un lugar seguro. Logré entrar por una puerta muy chiquita a un galpón abandonado, y en una esquina, bien al fondo estaba un niño, temblando, aterrorizado. Yo había perdido a los policías. O eso creí. Escuché pasos acercándose. Eran ellos. Desde mi estadía en el orfanato había estado guardando una manta que me había dado aquella niña especial de la que hablé. La llevaba siempre conmigo y en ese momento fue como tener a la salvación en mis manos. Me acerqué al niño de ojos color cielo y le propuse escondernos juntos debajo de ella. Apenas tapé el último extremo de mi cuerpo los hombres entraron, y como por arte de magia, no nos vieron. Agradeceré eternamente a la niña que me obsequió la manta. Sin ella, tal vez nos hubieran matado, o nos hubieran llevado directo a algún campo de concentración, o peor aún, si mataban al niño, quizá yo nunca hubiera existido.

CAPÍTULO 6
Me daba las gracias una y otra vez, y le rechacé la devolución de la manta a cambio de que siempre me recordara. Él era, en ese entonces, quien llenaba esa sensación de vacío que yo tenía con las anécdotas de su vida pasada, ese carisma que lo identificada y esa voz dulce que yo encontraba tan familiar. Su sonrisa era la que me mantenía viva, y sus ojos llorosos que reflejaban mis lágrimas corriendo desde los míos bien celestes. Me dijo que siempre seríamos una familia sin importar lo que pasara. Se fue alejando despacio hacia el horizonte. Arrastrando la manta que dejaba su huella detrás. Y esa fue la última vez que lo vi. O eso creí.

CAPÍTULO 7
De a poco comencé a sentir el aroma al perfume del abuelo que se hacía más potente cada segundo, mezclado con olor a libros viejos. Abrí mis ojos rápidamente y pude notar que el niño se había ido. Que yo no estaba en 1945, sino en el año 2016 en la biblioteca del abuelo. Sorprendida y desorientada a la vez traté de buscarle alguna explicación a lo que acababa de haber vivido, pero no podía. Lo que sí pude hacer fue unir algunos puntos al sentir que ya no tenía esa necesidad de saber algo que no sabía. Dicen que del pasado no se vive, pero algo descubrí; que cada persona tiene un secreto queriendo salir a la luz, que dependerá de cómo se dieron las cosas hace muchos años, y que el destino tal vez sí existe. Incluso un abuelo puede tener heridas ocultas y un pasado doloroso que no quiere compartir; tal vez el de un niño huérfano, solitario, que conoció a una niña que cambiaría su vida, como leí en el diario. Tal vez solo un encuentro puede cambiarlo todo, un encuentro de un inmigrante europeo y una huérfana descendiente indígena hace ya algunos años. Tal vez sí existen los finales felices, y no solo en los cuentos de hadas. Tal vez también existen en un diario añejo que plasma la realidad de generación en generación. Y la lectura del mismo puede cambiar a una simple y amargada niña por completo. Hablando de mí, dejaré que el destino decida hacia dónde voy. Mientras tanto, dedicaré el resto de mis días a seguir escribiendo ese diario con el fin de que, algún día, tal vez mi nieta, lo encuentre y reviva a todos nosotros, sus orígenes, y pueda darle significado y comprender lo que algún día un viejo dijo, y también descubra, que toda historia, tiene un comienzo.

2º premio PRE/ESCRITORES 2016
Scalones, Prieto
Hermanas Capuchinas

ANNA

12 de Julio de 2016, 09:00 horas.
Maldonado, Uruguay.
La luz solar que recibía la oficina del Suboficial Mayor, Raúl Figari, era casi nula, y nadie en la Jefatura de Policía de Maldonado lograba entender cómo era posible trabajar en un espacio tan oscuro y frío, especialmente tratándose de Figari; que se pasaba la mayor parte de su jornada laboral sumergido en lecturas interminables de documentos y reportajes, lidiando con una infinidad de casos.
Sin embargo, la agente Anna Herrmann, de treinta y un años de edad, quién se encontraba sentada dentro de la oficina del Suboficial Mayor aguardando el arribo de éste, no enfocaba su atención en la iluminación del lugar; sino que ésta se encontraba perdida en el divagante recuerdo de su primer día de trabajo.
Corría el año 2009, cuando Anna había comenzado a trabajar, patrullando las calles de Maldonado, siéndole asignada un gran compañero de patrullaje; Octavio de los Santos.
Octavio no sólo era muy querido dentro de la jefatura, sino que también era considerado una de las personas más sabias del lugar. A los cincuenta años de edad, ya se había ganado el respeto de todos, (inclusive el de la novata, Anna). No era difícil encariñarse con el sujeto. Nadie sabía que era lo que lo hacía tan encantador, pero la mayoría dentro de la Jefatura lo describía como “un algo”, que lo hacía especial.
La puerta del despacho se abrió bruscamente, lo que costó a Anna un mini-infarto, y que se le pusiese la piel de gallina, pero en realidad, era Figari quien había ingresado, con una taza humeante de café. Pero era tal el susto que se había llevado la agente, que ya tenía su mano izquierda en la cintura, a punto de desenfundar su arma.
—Buenos días, Herrmann —dijo Figari al entrar. Anna exhaló dióxido de carbono, junto con alivio. El Suboficial Mayor notó la posición de alerta que había adoptado Anna y continuó con su parlamento. — Cálmese, no necesita eso para nada, soy yo.
—Buenos días, Figari —replicó secamente Anna, recuperándose del susto momentáneo.
El Suboficial Mayor cerró la puerta y se adentró en su despacho. Sin aplicar mucha fuerza, lanzó unos papeles que traía con él hacia su escritorio, y tomó asiento en su silla, quedando así, enfrentado con Anna, quien en cuestión de segundos notó que sus piernas temblaban, al igual que las de Figari.
Ambos se encontraban nerviosos por la charla que estaban a punto de tener.
— ¿Me quiere contar lo que pasó? —preguntó Figari, con firmeza.
Contar, claro. Como contar, Anna quería contarle lo que había pasado. Ahora, ¿debería de?
— ¿Cómo qué pasó? —preguntó Anna, como si le hubiese sorprendido la pregunta.  
—Me gustaría tener su versión de los hechos —replicó Figari, en un tono estratégicamente más dulce, intentando obtener la información necesaria.
—Sólo hay una versión de los hechos, Figari, y es la que figura en el informe del caso —dijo Anna, refiriéndose a un evento desafortunado ocurrido seis noches antes.
 7 de Julio, 23:00 horas.
Anna y Octavio patrullaban por la calle Florida, realizando el recorrido habitual. Estaba oscuro, y no había mucho movimiento en la ciudad de Maldonado. Los colegas contaban chistes para entretenerse.
— ¡Ahora me toca a mí! Entran a un bar; un cura, un bombero y un pirata —empezó Anna su chiste pero fue interrumpida por un mensaje de texto que le llegó a su compañero.
—Pará —dijo Octavio, después de haber leído el mensaje. —No dobles en calle 19 de Abril, doblá mejor en Román Guerra —le indicó a su compañera, quien manejaba el coche. Anna continuó manejando unos metros más, y haciendo caso a su compañero, dobló en Román Guerra. Pero en cuestión de segundos…
— ¡Frená acá! —gritó Octavio. Anna sintió que un escalofrío le corrió por el cuerpo, y frenó de golpe. —Vos quedáte acá —indicó nuevamente a su compañera, quién continuó obedeciendo.  Acto siguiente, el agente De Los Santos se baja del coche, y comienza a correr por la vereda.
Anna permanece petrificada, con las manos en el volante, perdiendo de vista paulatinamente a su compañero, cuando de repente, oye un disparo.
12 de Julio, 09:13 horas.
—Dejémonos de rodeos, Herrmann. Directo al grano, por favor —replicó Figari, sin parpadear.
—No sé qué quiere que le diga, Suboficial —dijo Anna, defendiéndose.
—Lo que quiero que usted haga es confesar. Usted presenció un asesinato. Uno a sangre fría.  Y está ayudando al asesino a encubrirlo.
A Anna le comenzaron a temblar las piernas con más gravedad que antes.
7 de Julio, 23:20 horas.
La patrullera se quedó inmóvil por un instante, y en lugar de avanzar con su coche, (qué aún seguía en marcha), apagó el motor, y se bajó inmediatamente, para correr en dirección hacia dónde su compañero se había dirigido.
Tres cuadras más adelante, Anna visualizó a Octavio, parado junto a un poste de luz, con su pistola en mano. A sus pies, yace un cuerpo agonizante de un hombre. Anna casi pierde la compostura.
— ¡Octavio! ¡¿Qué hiciste?! —gritó Anna, a punto de romper en llanto, por el shock.
El hombre que estaba en el suelo se retorcía del dolor, pues Octavio le había disparado en el pecho. Anna fue a dar un paso, para acercarse al hombre y asistir con ayuda, cuando el agente De Los Santos apuntó a la cien del hombre en el suelo con su arma, y tiró del gatillo.
— ¡Por Dios! —gritó Anna, largando el llanto. — ¡Lo mataste!
12 de Julio, 09:13 horas.
—Mire, Figari. Octavio se estaba defendiendo de un hijo de p… —Anna hizo una pausa, ya que no se atrevió a terminar su oración, y corrigiéndose, prosiguió, —un hombre  que lo había atacado, por calle Román Guerra —sentenció Anna, mientras el corazón le palpitaba cada vez más rápido, ya que estaba mintiendo.
—El asesinado se llamaba Ahmet Özkan, alias “El Turco”. Estuvo involucrado en un cártel de drogas por muchos años, pero nos llegó información de que últimamente, al hacer de burro, se robaba gran parte del producto que traficaba. El capo máximo de la organización lo había mandado matar, justo el mismo día que tu compañero se enfrentó con él —Figari le mostró los papeles del reporte a Anna, y todo lo que recién había afirmado, era evidente. — ¿No le parece curioso? ¿No es interesante cómo Octavio le hizo desviarse del camino habitual, justo después de haber recibido un mensaje de texto? Porque según tengo entendido, ustedes doblan en Florida, no en Román Guerra.
—No. Eso, me parece, que no es nada más que una casualidad —replicó Anna, con mucha neutralidad, pero muy nerviosa internamente. Ya tenían la historia calada.
—Discrepo. Creo que es una causalidad, no una casualidad. Octavio es un corrupto, que se involucró en cosas raras y por unos pesos, ayudó a unos narcos a hacerse cargo de una molestia. O sea, El Turco.
Así era.
—Pero, ¡por favor! Eso es ridículo —negó Anna, sin saber si era cierto o no, recién lo estaba descubriendo, y para peor, de ésa manera, la historia tenía más sentido, lo cual le generó taquicardia, una aún más grave que la de antes.
—Anna, no va a funcionar. Es inútil seguir defendiéndolo. Ya sabemos que Octavio es un enfermo, qué es corrupto, que se acostó con vos. No tiene sentido seguir con esta farsa. Estás segura acá. Confesá de una vez por todas que Octavio asesinó a sangre fría a El Turco, y que vos lo estás ayudando a encubrirlo.
A Anna le vinieron ganas de romper en llanto. Ya lo sabían. Lo sabían todo. Habían averiguado hasta de su amorío. ¿En qué había pensado? Tendría que haber reportado a su compañero de inmediato, dejando de lado el hecho de que mantenían una relación carnal y afectiva. ¿Cómo había llegado hasta ese punto? De ser una agente correctísima, trabajadora y comprometida a su labor a encubrir un asesinato y mentir a sus superiores, con tal de no mandar a “su hombre” al frente.
No, Anna. Te volviste loca. —pensaba Anna.
—Herrmann, todavía estás a tiempo. Responde; ¿Octavio de los Santos asesinó a Ahmet Özkan a sangre fría?
Anna lo vio todo. Vio cómo la podrían llevar presa por ser cómplice en caso de que todo saliese a la luz. Vio cómo podría perder su trabajo. Vio cómo quedaría marcada de por vida por haber contribuido con una monstruosidad. Y vio cómo su vida se podía desmoronar en poco tiempo, y todo por haber adoptado el error de otra persona como suyo.
—Sí, Figari —dijo Anna, cediendo al fin. —Octavio de los Santos no disparó en defensa personal. Fue un asesinato a sangre fría.
Fin.

3º premio PRE/ESCRITORES 2016
Martina Blanco Richter
Liceo Nº 1 Solymar

 

INCERTIDUMBRE

El día 5 de mayo de 2003, la vida de Bruno Márquez cambió para siempre. A sus doce años, tras vivir el suicidio de su vecino Marcelo González, este chico comenzó a convertirse en alguien introvertido y cerrado. 

Pareciera que su vida se hubiera detenido en el momento en el que contempló la cuchilla empapada en sangre, el frasco tirado en el suelo junto a miles de capsulitas rojas, amarillas, verdes... colores tal vez nunca vistos por él... Y las moscas. Eran... ¿Cuántas moscas eran? ¡Ah, sí! Eran trece. Trece moscas desparramadas y revoloteando ansiosas junto al cuerpo del pobre Marcelo González. El pobre Marcelo...

El pequeño Bruno, Chino para sus más allegados debido a sus ojos rasgados y cara redonda, había cumplido recién sus diez años el día en que lo conoció. Era viernes. Un viernes caluroso de febrero del año 2001. Marcelo, el nuevo vecino, no parecía un tipo amable. Alto, pálido, de mirada perdida, con una expresión dura en el rostro... Cuando uno lo veía, era como si estuviera siempre en otro lado, y su cuerpo se hubiera olvidado de que Marcelo ya no estaba en ese lugar. Tal vez tampoco estaba en ese tiempo... 

Para el pequeño pueblo, que ni nombre tenía de tan alejado que estaba del resto del mundo, Marcelo era un misterio. Alguien que imponía respeto sin siquiera pedirlo. Era como una sombra que atravesaba los caminos de tierra despacio y con un cansancio sobrehumano. Nadie lo decía, nadie lo preguntaba, pero algo era más que obvio... Todos querían saber quién era Marcelo, quién era, sobre todo, antes de pisar este pueblo lejano. 

Bruno, por su parte, no estaba interesado en saber nada acerca de su nuevo y aburrido vecino. No estaba interesado en él, por supuesto, pero sí en su árbol de deliciosos y anaranjados duraznos. ¡Qué ricos eran los duraznos! Pero a Bruno no solo le gustaban los duraznos, sino especialmente los que fueran robados, sobre todo a algún vecino con unos cuantos pesados años arriba que no pudiera hacer más que gritarle algunas amenazas que, claro lo tenía, nunca se cumplirían. "¡Ratita ladrona, ya te vamos a agarrar algún día a vos!" 

La noche del miércoles Bruno se propuso ir por esos duraznos enormes que tanto deseaba de su vecino Marcelo. Todo habría salido perfecto... Si no hubiese sido porque esa noche el bar no había abierto, debido a que el dueño, don Armando, se hallaba fuera del pueblucho... Tal vez si Marcelo en ese momento hubiese estado bebiendo y no regresando a casa, solo tal vez... Bruno no se hubiera llevado el susto de su vida. Tropezó con una roca en punta clavada en el suelo, no la vio debido a que, cuando escuchó la puerta abrirse y al perro de Marcelo correteando feliz, supo que era hora de marcharse. Y rápido. Luego de tropezar, todo fue negro para el pequeño Chino. 

Pudo haber muerto, pudo haber sufrido un derrame, pudo haber sufrido algún traumatismo y jamás volver a ser el Bruno travieso que robaba duraznos. Sin embargo, solo perdió el conocimiento por un rato. Un médico pasó a revisarlo y lo único que dijo fue "Reposo, señora. Su hijo necesita reposo. No tanto por él, sino por el barrio mismo." Pero el que pasó todos los días a visitarlo, increíble pero cierto, fue Marcelo. Le llevaba frascos de mermelada de durazno, ensalada de duraznos, duraznos con crema, torta de duraznos, jugo de duraznos... "¿Por qué es usted bueno conmigo, señor Marcelo?" preguntaba Chino, curioso. A lo que Marcelo respondía "¿Por qué no lo sería? Son solo duraznos. Si los querías, solo tenías que pedirlos. Mira lo que ocasionas. Tengo tantos de ellos, gracias a Dios que pude hacer algo productivo" decía Marcelo, y cuando lo hacía, un brillo celestial cruzaba sus ojos, como si por un momento, casi inexistente, demostrara amor.

Así el pequeño Bruno y Marcelo pasaban tardes interminables. Ni bien pudo salir de su casa, Bruno no dejó pasar una tarde sin ir a la casa de su vecino y amigo, Marcelo. Para el barrio, que muy aburrido era, la relación de Bruno y Marcelo era un misterio que jamás resolverían. Y jamás lo hicieron. Si bien Bruno le contaba a Marcelo todo sobre su vida, sus estudios escolares, sus amigos... Marcelo no hacía nada más que escuchar. Jamás reveló ninguna anécdota, nada de su pasado, como si este jamás hubiese existido. Tal vez después de todo era verdad que Marcelo no se encontraba ahí. Y que solo su cuerpo lo hacía.

Un día lluvioso y frío, en mayo del año 2002, Bruno y Marcelo se hallaban tomando mate y compartiendo tortas fritas. El fuego ardía, las llamas alumbraban ambos rostros mientras se enfrentaban en una partida de ajedrez. Marcelo le había enseñado todo sobre este juego, y el pequeño Chino aprendía con mucha facilidad, sin embargo, jamás logró vencer a su viejo oponente. Pero esa tarde, fue distinta. 

"Dime, Chino... ¿Tú que piensas sobre la vida, crees que todos tenemos un destino?" La pregunta fue como un baldazo de agua fría. Inesperada y... helada. "Mi madre dice que todos tenemos un destino, yo no sé si sea verdad..." Chino tenía miedo. Mucho miedo. ¿Saben lo que pasa cuando a un niño se le rompe el corazón? Nada. Ellos no lo saben, solo lo sienten. Muy profundo, allá... donde ni la filosofía se atreve a llegar. Y en ese momento, justo en ese momento, cuando Marcelo miró fijamente al alfil de Bruno que estaba haciendo un jaque a su rey, pronunció las palabras que le dolerían a Bruno por el resto de su vida. "Voy a morirme, muchacho. Mi vida terminará dentro de poco." 

Pasaron 350 días de soledad. Bruno visitaba a Marcelo, pero ya casi no hablaban. Solo jugaban. Bruno esperaba el día en que Marcelo muriera como el condenado espera el día de su ejecución. Desesperanzado. Y así llegó el día en que Bruno despertó. Ese día, ese 5 de mayo del año 2003. Sintió un frío que lo recorría, un frío mortal. Sintió un vacío inexplicable, como la nada misma. Y corrió. Y lloró. Y siguió corriendo. Y siguió llorando. Y llegó. Y lo vio. A la cuchilla empapada en sangre, a las pastillas, a las moscas. La vida se detuvo. Sus doce años se convirtieron en algo perpetuo. 

La vida se detuvo. Su mundo se detuvo. Y si el mundo de él se detuvo, entonces tal vez todos los mundos se hayan detenido también... ¿Quién sabe realmente? ¿Quién? ¿Alguno de ustedes entendió por qué Marcelo cometió suicidio? Porque yo tampoco lo sé, y soy la escritora.

¿Alguien sabe de dónde venía Marcelo, quién fue antes de pisar aquel pueblo que ni nombre tenía de tan alejado que estaba del mundo? ¿Qué sentido tiene que se haya suicidado? ¿Por qué lo haría? Nadie lo sabe. Y nunca se sabrá. Así como nadie sabe de dónde viene, ni nadie sabe a dónde va.