Pre/escritores

15º CONCURSO DE PRE/ESCRITORES
PRE/U – Itaú



BASES

PARTICIPANTES

Podrán participar estudiantes de 1er año de Bachillerato (4º de liceo) de todos los liceos públicos y privados del país nacidos después del 1º de enero de 2002.

El concurso tiene tres instancias:
  1. Cuento (enviado por correo, correo electrónico, o personalmente).
  2. Encuentro de escritores: segundo cuento y taller sobre técnicas narrativas.
  3. Fallo final y entrega de premios.
  1. CUENTO

     
Los participantes deben entregar los trabajos escritos de acuerdo con las condiciones del concurso.

CONDICIONES DEL RELATO
  • Los relatos deberán ser cuentos originales, inéditos, y no haber sido seleccionados o premiados en ningún otro concurso literario antes de la terminación total del presente certamen.
  • El tema de la primera instancia tomará como motivo central el perdón. En la vida cotidiana es frecuente que sin intención o con ella lastimemos u ofendamos al otro. Para reconstruir los vínculos, es necesario animarse a pedir perdón y aprender a perdonar. No es fácil porque esto supone vencer el rencor y el orgullo. Sin embargo, el perdón libera y construye la paz. Sugerimos como frase disparadora: “¿Me perdonás?” (no es necesario usarla textualmente)
  • Cada concursante enviará un ejemplar escrito en fuente Arial tamaño 12, interlineado a espacio y medio. Los relatos deberán tener título y una extensión comprendida entre 2 y 5 páginas (formato A4). No se podrá presentar más de un relato por concursante.
  • El incumplimiento de cualquiera de estas condiciones determinará automáticamente la exclusión del relato remitido.
  • La presentación al concurso supone la plena aceptación por el concursante de las presentes bases, que podrán ser interpretadas por el Jurado en aquellos aspectos no previstos en las mismas.
  • Los cuentos recibidos se considerarán definitivos a todos los efectos, no pudiendo sus autores realizar adiciones, rectificaciones, o modificaciones posteriores.
  • Al final del relato deberán figurar los datos del concursante: nombre completo, cédula de identidad, fecha de nacimiento, dirección, teléfono, liceo donde estudia, correo electrónico.
  • Los relatos no premiados serán destruidos, no admitiéndose peticiones de devolución.
 
PLAZO Y LUGAR DE PRESENTACIÓN

Los trabajos podrán ser entregados en la sede del PRE/U, personalmente o por correo certificado, en sobre cerrado dirigido a:
 
CONCURSO de PRE/ESCRITORES
PRE/U – Itaú
Morales 2640 esq. Canning
11600 – MONTEVIDEO,
o bien enviados por correo electrónico a prescritores@preu.edu.uy
 
Los relatos serán recibidos hasta el lunes 20 de agosto a la hora 20.
 
2.  ENCUENTRO DE ESCRITORES: SEGUNDO CUENTO Y TALLER DE TÉCNICAS NARRATIVAS
El Jurado considerará todos los relatos que sean enviados en el período de recepción, y convocará a los concursantes a una prueba presencial en la sede del PRE/U el sábado 1º  de setiembre, en la que deberán confeccionar un relato de no más de tres carillas, de acuerdo al tema propuesto por el Jurado. Ese mismo día, también participarán de un taller sobre técnicas narrativas.
 
3.  FALLO FINAL Y ENTREGA DE PREMIOS
El Jurado considerará la evaluación de la primera y la segunda entrega, a partir de lo cual quedarán seleccionados y premiados un máximo de quince concursantes, a quienes se invitará a la entrega de premios. Este fallo del Jurado, que seleccionará a los finalistas, se dará a conocer por correo electrónico o teléfono en la semana comprendida del 1º al 5 de octubre de 2018. Se publicará también en la página web del PRE/U, http://www.preu.edu.uy/.
El Jurado seleccionará y premiará entonces a los tres elegidos como mejores Pre/escritores. El fallo del Jurado se dará a conocer el día sábado 6 de octubre a las 11 horas y será inapelable.
 
EL JURADO
  • El Jurado que fallará el Concurso estará compuesto por la Dra. Sylvia Puentes de Oyenard, Lic. Álvaro Secondo y Prof. María del Huerto Prato.
  • El Jurado, que quedará válidamente constituido con la asistencia mínima de dos de sus miembros, adoptará sus acuerdos por mayoría de los miembros presentes. El voto del Presidente, en su caso, será dirimente.
  • En función del número de relatos que se presenten al concurso, los organizadores se reservan el derecho de practicar una preselección conforme a los criterios que establezca el Jurado.
  • Las decisiones finales adoptadas por el jurado serán inapelables.
CRITERIOS GENERALES DE LA EVALUACIÓN

En la evaluación se tendrán en cuenta los siguientes aspectos:
  • Respeto de todas las condiciones establecidas en las bases del Concurso.
  • Estructura del escrito, riqueza, adecuación y precisión del vocabulario, puntuación, aspectos morfosintácticos y ortografía.
  • Calidad literaria en la expresión de valores humanos, sociales, culturales y/o espirituales.
  • Riqueza de ideas y creatividad.
 
PREMIOS GENERALES
1er PREMIO
  • Trofeo PRE/U - “Itaú”
  • Un notebook, donación de Itaú
  • Entradas de cine para dos personas, donación de Movie.
  • Un pasaje a Buenos Aires en Buquebus
  • Un par de championes
2º PREMIO
  • Trofeo “PRE/U”.
  • Una tablet, donación de Itaú.
  • Entradas de cine para dos personas, donación de Movie.
  • Un pasaje a Buenos Aires en Buquebus
  • Un par de championes
3er PREMIO
  • Entradas de cine para dos personas, donación de Movie.
  • Un pasaje a Buenos Aires en Buquebus
  • Un par de championes
Los restantes 12 finalistas del certamen se llevarán libros donados por El Observador y Itaú (este número de finalistas puede variar a criterio del jurado)
 
1º premio PRE/ESCRITORES 2017

Sosajorge Balserini, Matilde.
Liceo No. 1 de Paso de los Toros.

Caléndulas

Hoy es dieciséis de julio, y como siempre en esta fecha , vengo a visitarte y arrimarte unas flores. De esas que le robábamos a doña Elvira, ¿te acordás, Flaco? Pero, ¿cómo no te vas a acordar? si pobre doña, le dejábamos el cantero prácticamente sin caléndulas. ¡Cómo se ponía de enojada!
Pero, así como quien no quiere la cosa, Doña Elvira cumplió noventa años el otro día. Hubo gran festejo en el residencial y estuvieron muchos de los vecinos del barrio. Hasta yo pasé a tomarme un chocolate y comer alguna masita. A Elvira le pregunté si se acordaba de vos, y a decir verdad, no esperaba un sí o sólo algunos remotos recuerdos. Pero, por el contrario y para mi sorpresa, me contestó que siempre te piensa. Inevitablemente, nos pusimos a recordarte un poco y recordarnos a nosotros mismos en aquellos años de plenitud. Hablamos de los campeonatos de truco y congas en las tardes de invierno, las clases de teatro y los buenos mates de té al lado de la estufa a leña. Nos reímos mucho y aunque no lo dijimos, ambos sentíamos dolor. Ese dolor de saber que nunca más volveríamos a escuchar nuestros nombres así, de esa manera. La manera que tenías vos de decir, de hacerme sentir tu amigo y a ella, vecina querida.
Pero hoy te tocaba cumplir los cincuenta y dos. Pienso; ¿ya treinta y dos años, de aquel año que festejamos tus dos décadas, en el salón comunal del Complejo?  Sabes lo que doy por un vino y una picadita con vos para festejar hoy la vida.
Flaco, ayer fui por tu casa a saludar a tus mujeres. Las mellizas no habían regresado aún del liceo y Mónica estaba preparando el almuerzo. Cuándo pasé el zaguán y abrí la puerta cancel, el olorcito a milanesas me recorrió hasta las entrañas. Vos siempre te encargabas de propagandearlas, evitando que se llegara a oídos de tu vieja,  como las “más ricas del universo”.
Mónica, tu mujer, sigue siendo extraordinaria e imprescindible. Cuando la conocí, que los vi juntos por primera vez, sus grandes ojos verdes revelaban una fuerte personalidad y algo más que en ese momento no llegaba a percibir, tal vez, que iba a ser la mujer que te acompañaría toda la vida. Y así fue. 
Hablamos un rato, recorrí tu biblioteca, que sigue erguida en el centro de la casa, invitando a tus amigos a escoger el libro que quisieran. Sin imposición ni requisito para llevárselo. Eras de los que creía, que es mejor un libro perdido que uno que descanse en un rincón de la biblioteca. Igualmente, me hace falta una de tus acertadas recomendaciones, esas que me dabas en alguna de nuestras interminables charlas,  juntos allá, bajo la parra de la casa de tus viejos. ¡Que placer era escucharte! Ningún tema nos estaba prohibido y era un deleite oírte, porque, sin presumirte, todo lo sabías. Y sabías mucho. Sería la forma de decir las cosas, la que lo hacían encantador. Matear y filosofar por horas, cuestionándonos el sentido de la vida; sentido que hasta ahora, en algunos momentos puntuales, sigo cuestionándome si existe.
En alguna de esas charlas de parra, te pregunté qué significado tenía para vos la amistad. Y vos, tan vos, de la manera más sabia que se puede responder, me dijiste: “Amigos de verdad, no son los que vemos todos los días, sino aquellos con los que podes retomar la charla que quedó por la mitad, como si solamente hubiese pasado un efímero lapso de tiempo”.
Tan presente en la memoria me quedó, que debe ser la única cosa que mantengo, delicadamente ordenada en ella, para siempre.
Qué gran verdad dijiste ese día. Porque cuando nos separamos, no mucho después de festejar tus veinte años, nada entre nosotros cambió. Ni la distancia ni los meses que pasaron sin poder vernos físicamente. Pero cada vez que nos encontrábamos, parecía fortalecerse más esa mágica complicidad. Aunque inevitablemente íbamos envejeciendo, al final del día, éramos los mismos pibes en la sombra de la parra.
Si habrá para contar, pero prefiero jugar al misterio y guardármelos. En todo lo vivido siempre estuviste ahí. Ya sea a trescientos quilómetros o pegado a mí, estabas. Como así yo también estuve. Te vi ser papá y vos a mí. Estábamos emocionados y llenos de miedo. Vos por partida doble, mellizas. Como también estuvimos juntos, llorando a los que nos iban dejando. Desde la perra Maite, hasta la partida de la Mamama.
No me olvido del día en que nos conocimos, allá en quinto año de escuela. Mi abuelo era panadero y la escuela le compraba los bizcochos para vender en el recreo. A vos, mucho no te gustaban y se lo comentaste al resto de los chiquilines. Yo, enfurecido, hice lo que tenía que hacer, defender la empresa familiar y allá fui a buscarte. Se desató la pelea, nos cinchamos de las moñas más algún que otro botón de la túnica que cayó al piso, y que en el momento no me percaté, porque cuando quise ver, estábamos de visita en la Dirección. Era de prever que se avecinaba una intensa charla con el Director Augusto. Pero, quién iba a decir que hacer las pases iba a ser el preludio de una gran amistad.
Hablando un poco del presente, sin más vueltas, de mí. Acá estoy, transitándolo. No puedo asimilarlo, o tal vez no quiero. Aunque fui admitiendo que la gente se puede morir sin que el mundo se termine, después de tu partida, en efecto, el mundo no acabó pero sí la vida, y aunque esto es sólo una metáfora, lo que quiero decir es que la vida simplemente pasó, como pasa la vida, imperfecta. Nosotros seguimos por nuestros hijos, como sigue adelante Mónica por los tuyos y también por los que vendrán. Pero, claro, me hace falta el amigo, las conversas, los silencios cómodos, los amores y los desamores compartidos y cantar con voz firme y clara, aquella canción del gran Silvio Rodríguez que cantábamos siempre que teníamos oportunidad. “Va cabalgando, el mayor con su herida, y mientras más mortal el tajo es más de vida, va cabalgando sobre una palma escrita y a la distancia de cien años resucita”.
No puedo olvidarme más del último abrazo que nos dimos aquel año, allá en tu casa. Vos como una premonición me dijiste; esta va a ser siempre tu casa y podes venir cuando quieras. Yo nunca más pude ser el mismo y no le voy a perdonar nunca a la vida tanta injusticia que cometió con vos.
Pero acá estoy amigo, parado y trayéndote las flores del cantero de Doña Elvira.
 
 
2º premio PRE/ESCRITORES 2017
Larramendy, Ángela.
Colegio y Liceo San José de la Providencia

AMISTAD AL ALCANCE DE LA PATA
 Me desperecé en mi lugar luego de la cuarta o quinta siesta del día, ya
había perdido la cuenta. Una vez que revisé que mi pelo y bigote estuvieran en
su lugar, procedí a realizar “LA TAREA”, sí, va con mayúsculas porque es la
misión más importante de mi vida y para la cual me he preparado desde que
tengo memoria: BUSCAR COMIDA.Caminaba por las calles de mi barrio, contorneando las caderas ymarcando un ritmo desestresado y lento, cuando un jovencito inmaduro pasópor mi costado casi arrollándome con su bicicleta.No me consideraba un ser muy correcto para hablar por lo que no me contuve de gritarle las cuarenta a ese casi asesino. A lo cual respondió girando su cabeza hacia mí, sonriendo y soltando un “Lo siento lindo, no te vi”. ¿¡Lindo!? ¿¡No te vi!? ¿Quién se cree este fulano para darme un apodo tan humillante? ¿Y cómo es eso de “No te vi”? ¿Quién se perdería de ver semejante papacito como yo? Pero por favor, la juventud cada día estaba peor.Continué mi camino hacia la carnicería de Doña Pola, esa mujer me ama y siempre tiene algo para mí. Una vez llegué, me acomodé en mi pose habitual sentado en el piso, en la puerta del local. Me peiné nuevamente y luego de aprontar mi mejor cara adorable comencé a llamar a aquella generosa anciana. Se acercó y agachó hasta mi altura, acarició mi cabeza y, aunque me desagradaba que hicieran eso, con ella me dejé hacer. “Lo siento amorcito, como no llegaste antes le di lo tuyo a…”. Dejé de escuchar al darme cuenta de que me iba a quedar sin comer. Incliné mi rostro hacia la derecha confundido, luego me sentí dramáticamente traicionado, y por último ofendido con aquella señora a la que había creído incondicional. Ya ni siquiera se podía confiar en las viejitas adorables, generosas y aprieta cachetes, ¡que horror! Con la cola y la cabeza en alto me retiré de aquel lugar colmado de desconsideración. Al doblar la esquina lo vi, a él, el cómplice de la conspiración en mi contra, el nuevo protegido, mi reemplazo, por lo tanto, mi nuevo enemigo. El muy desvergonzado estaba comiendo un buen trozo de carne picada fresca en plena vereda, dando vueltas alrededor de su gran tesoro, su cuerpo oscilando levemente por la felicidad. Si yo no estuviera en las mismas condiciones hasta me daría pena el pobre, todo chiquito y flacucho. Pasé por su costado mirándolo con recelo y. acá entre nos, reconozco que me sentí un poco avergonzado cuando él, contra todo pronóstico, me saludó con un muy alegre “Hola” y un movimiento de cabeza invitándome a probar el delicioso manjar. “No gracias, no tengo hambre”, me mantuve firme en mi posición de no fraternizar con el enemigo, bueno, no tan firme ya que no había dado ni un paso cuando mi estómago dio una respuesta diferente. El sarnoso engreído plantó la cola en el suelo y se inclinó hacia adelante con el rostro girado hacia un lado, mirándome con diversión. “Doña Pola me compartió a mí, yo te comparto a ti”. Ah no, este pulgoso se estaba proponiendo dejarme en vergüenza, pero yo no iba a dar el brazo a torcer. Lo miré y repetí un seco “No gracias”, para completar mi actitud diva me giré para retirarme, pero pisé fuera del cordón de la vereda y, contradiciendo los mitos sobre mi agilidad, caí al suelo. Lo siguiente que supe es que tenía a mi archienemigo oliendo mi rostro verificando que estuviera bien. No me quedó de otra más que aceptar su comida, ese día y los siguientes. Resultó que hacíamos buen equipo, quién lo diría, un gato hecho y derecho como yo, amistándose con un pulgoso como Chubby. Íbamos juntos a pedirle comida a Doña Pola, le enseñé a cazar ratones y él me mostró cuán desestresante era perseguir motos y a los hombres del correo, aunque a éstos no los veíamos tan seguido ya que cuando pasaban casi siempre estábamos tomando una siesta. Un día cualquiera nos encontrábamos corriendo palomas cuando un sujeto de vestimenta uniformada se bajó de su camioneta. No le tomé importancia y seguí saltando juguetonamente de un lado a otro, no fue hasta que escuché el alarido de Chubby que me di cuenta a qué empresa pertenecía aquella camioneta y, por consiguiente, el turbio sujeto. Era una perrera.
Corrí hasta alcanzarlos, pero era tarde, mi perruno amigo ya había sido apresado en una jaula dentro de la camioneta, haciendo uso de mi destreza salté y me sostuve de un borde. Cuando llegamos a destino, fui escondiéndome del trabajador mientras los seguía a la zona del local donde tenían encerrados a los demás animales. Por más que hubiera querido, no pude hacer nada para evitar que encerraran a mi pulgoso colega. Una vez el desalmado hombre salió del recinto empecé mi plan “Sacar al perro de la cárcel”. Traté por horas, pero la jaula tenía llave y mis peludas patitas con uñas multifuncionales no habían podido hacer nada. Estaba cansado, y los lamentos del can no ayudaban para mejorar mi ánimo. Finalmente, aprovechando la flacura de mi cuerpo, me metí entre los barrotes y me acosté junto a Chubby en una pose desestresada, las patitas delanteras estiradas frente a mí y apoyado en un costado de mi cuerpo. Mi amigo precisaba saber que todo iba a estar bien y yo iba a hacerle creer ese
cuento. Había perdido la cuenta de las veces que él había estado para mí, aunque recordaba muchas perfectamente, como la vez que me salvó de intoxicarme con pescado en mal estado, o de ser arrollado por un auto al cruzar sin mirar, o todas esas veces que me consoló luego de haber sido rechazado por humanos. Desde que nos conocimos hemos estado juntos y no pensaba abandonarlo ahora. Los días en la perrera pasaban sin prisa ni pausa, por mi parte actuaba como si me gustara vivir ahí, haciendo comentarios como “¿Ves Chubby?, esto es vida. Nos traen la comida, tenemos una mantita y podemos socializar sin siquiera movernos”.
 Aunque eso distaba de la realidad, odiaba el encierro y no soportaba a los perros, solo hice una excepción con mi ahora compañero de cuarto, y no pensaba hacer más. Lo único bueno era la comida, pero tampoco los felicitaba,
no había nada como la carne de Doña Pola.Los molestos vecinos caninos estaban alborotados, y no era para menos, uno de los trabajadores había entrado acompañado de alguien no uniformado. Era una mujer, diría que, de unos treinta, con rostro amigable y ojos que destellaban amor. Se detuvo frente a nuestra jaula y sonrió enternecida mirando al sarnoso a mi lado, se lo señaló al trabajador y dijo “Este”. ¡¿Será posible?!, de entre todos los perros tenían que elegir al único con el que yo hablaba. Este ser perruno tiene las de ganar, primero conquista a Doña Pola y luego a esta mujer. Uno pensaría que pasando tanto tiempo juntos se me pegaría la buena suerte, pero
no, parece que esto de ser un gato negro sí tenía sus desventajas. Me moví hacia el fondo de la pequeña prisión, no queriendo robarle a mi amigo la posibilidad de una mejor vida. El mencionado comenzó a mover la cola contento, luego giró su cuerpo hacia mí, creía yo que para despedirse para siempre. No obstante, lo que pasó me dejó sin palabras. Con su hocico me empujó hacia el frente de la jaula para que la mujer me
viera, luego se posicionó a mi lado y acarició mi cabeza con la suya. La treintañera nos miró con curiosidad y duda, las ilusiones de que un humano me aceptara en su familia habían vuelto a romperse.
 Una imperiosa necesidad de lavarme la pata trasera derecha me invadió y no pude resistir el impulso. Mi lengua quedó a medio camino ya que las palabras “Supongo que tendré que llevarme al dúo dinámico” me habían dejado
aturdido. Un fuerte “¿¡Qué!?”, que ellos escucharon como un “¿Miau?”, salió de lo más profundo de mi tripa. Chubby se puso aún más contento -si cabía- a mi
lado. Finalmente, finos y delicados collares rojos con cascabeles nos dieron la bienvenida a nuestra nueva vida junto a Johana, la treintañera. Nuestras pancitas crecieron, al igual que el amor en nuestros corazones y
las anécdotas felices en nuestras memorias. Mi amistad con Chubby también se fortaleció, más ahora que ya no éramos él y yo contra el mundo, ahora teníamos a alguien que velaba por nosotros y nos mimaba mucho. Estábamos muy agradecidos con la humana, y tratábamos de portarnos lo mejor posible, de hecho, fue muy gracioso cuando mi amigo peludo rompió un florero por accidente y le trajo a Johana uno de sus mejores huesitos -que tenía
enterrados en el jardín- a modo de compensación. Ella solo río y dijo que de todas maneras no le gustaba aquel artilugio.Ya no callejeamos tan seguido, pero hemos pasado a saludar a Doña Pola, y nos alegramos mucho cuando la vimos alimentado un pequeño gatito asustado, de ese modo no estaría sola, y el felino sentiría ese apoyo que yo una vez sentí de su parte. Después de mucho, me llegó mi momento feliz, de paz y amor. Y estoy muy contento de compartirlo con verdaderos amigos como la humana, pero sobre todo con mi hermano Chubby.
 
3º premio PRE/ESCRITORES 2017

Mozzo Brun, Micaela Yudit
Liceo Ntra. Sra. del Huerto Pando   
 
Rosas azules
Hace muchos años atrás, estando yo en la estancia “La Querencia”, fui avisada de la llegada de un joven.
- Doña Micaela – me dijo uno de los peones.
- Diga Romualdo.
- Hay un gurí en la portera que anda preguntando por usted.
- Muchas gracias ahora lo atiendo.
Y dejé mis quehaceres para averiguar de quien se trataba. Vi a lo lejos la silueta del muchacho; de ciudad calculé, que se arecostaba al poste de la portera mirando su celular. Poco a poco me arrimé a él distinguiendo a un par de metros que se trataba de un joven alto, con bigote, de pelo negro, enrulado y con una postura y una forma de moverse de quien poca paciencia tiene para esperar. Pero sobre todas sus características (de las cuales no perdí detalle alguno), fueron sus profundos ojos azules los cuales me llamaron poderosamente la atención. Aquellas pupilas del color del océano ya las había visto yo antes y ahora se clavaban en mi mirar como una flecha, directa a mí. Supe que era él, o al menos tuve el indicio pero no provino de mí ni una sola palabra.
- Micaela – me dijo él con una grave voz de hombre mientras retorcía la punta de su bigote y guardaba el celular en el bolsillo.
- ¿Felipe? – pregunté yo con asombro y desconfianza
- Veo que no te has olvidado de mí. . . ¿Cómo andas Mica?
- Bien, pasá, pasá. No esperaba verte por estos lados, hace muchos años que no nos vemos. . .    
 - 10 para ser exactos – me interrumpió.
- Si, 10 años. Pero que increíble ¿Qué ha sido de tu vida?                                                      
- Uy la verdad han pasado tantas cosas en estos 10 años. . .
- Bueno, dejá que apronto el mate y nos sentamos abajo de la parra y me contás.
- Dale – me sonrió mientras caminábamos hacia la casa.
Puse a hervir el agua, apronté el mate y sacamos dos sillas de hierro blancas con almohadones forrados en hule, en las que nos sentamos bajo la parra de Doña Isabella
- Bueno, contáme ¿Qué has hecho? – pregunté mientras le cebaba un mate.
- La verdad me ha ido bastante bien en estos años. Después del liceo fui a la facultad de economía y hoy en día soy contador de una multinacional. Estuve trabajando en Brasil, Italia y hasta en Dubái pero debido a problemas financieros de la empresa me invitaron a tomarme un año sabático y hace dos meses llegue a Uruguay – para su relato para tomar el mate.
 - Y ¿Qué andas haciendo por acá?
Le da el último sorbido a su mate y me lo entrega.
-La verdad que al llegar a Uruguay me entró la melancolía y empecé a recordar cosas y gente del pasado; así que decidí contactar y visitar a algunos de mis viejos amigos y compañeros del liceo. ¿Te acordás de Maffei? – asiento con la cabeza y prosigue – Bueno, hace aproximadamente 2 semanas me encontré con él, estuvimos hablando un rato y tomando un café juntos entonces me contó que vos estabas trabajando acá y no dudé en venir a verte.
- Si, siempre estamos en contacto con Maffei.
- ¿Y vos? ¿Cómo has estado? La verdad no esperaba verte así como capataza de La Querencia, de seguro te ha ido muy bien, recuerdo que tenías siempre las mejores calificaciones. . .
Bajo la cabeza y respiro hondo, como para tomar impulso.
- La verdad es que no me ha ido tan bien. No me quejo ¿sabes? Acá ando en lo que me gusta y se gana bien la verdad pero no era lo que yo esperaba. . . , hasta de mis sueños me he olvidado ya. . . lo que pasó fue que después que empecé la facultad, a los 2 años mi padre cayó enfermo y yo no la podía dejar sola a la máma viste, y empecé a trabajar acá como peona y cuando se me fue mi viejo me tuve que hacer cargo yo de todo así que deje toditos los estudios.
– Recuerdo que tenías un montón de sueños cuando eras más joven y tenías tanta seguridad de vos misma que parecía que te ibas a llevar el mundo por delante. 
 Terminamos de conversar recordando viejos momentos juntos  y riéndonos de algunas lindas anécdotas y luego él se fue, prometiendo volver a vernos. Esa noche no dormí, pensando en sus palabras. Quizás aún estaba a tiempo. Así que no lo dudé más; al otro día me puse en movimiento y averigüé como podía retomar mis estudios  y me propuse lograr todo aquello que me había propuesto 10 años atrás.
Todo pasó más rápido de lo previsto. Al año entrante había retomado la facultad y había empezado un curso de doma, y me propuse crear el haras que había soñado de adolescente. Cuando fui consciente de todo lo que había logrado gracias a la charla con Felipe lo llamé y nos reunimos en un café del pueblo. Lo noté un poco distinto pero el brillo en sus azuladas pupilas seguía intacto.
 Estuvimos hablando un rato y le conté todo lo que había logrado en esos meses y de los proyectos que tenía; él se ofreció a  ser mi colega en el tema del haras y yo claramente acepté. Ese día viendo como sonreía cuando yo planteaba una buena idea me di cuenta de lo orgulloso que estaba de mí y de cuanto deseaba mi éxito.
 - Ni el vértigo puede pararte cuando te remontas así - Decía antes de beber un trago de su café.
 Me di cuenta en ese momento de que era una de esas pocas personas que incidían positivamente en mí, que sin darme cuenta siempre había estado presente aún en esos 10 años de ausencia, porque el poder de su magia en mí aún seguía vigoroso, esa magia que algunos llaman amistad. Reflexioné en ese momento: “cuantos habrá en este mundo que se jactan de ciertas amistades por el objetivo del bien propio, siendo estos, seres vacios, sin dar ni recibir, haciendo antagónicos sus objetivo y sus resultados. Sin embargo aquellos que ven brillar al de al lado y se motivan con su resplandor, brillan por sí mismos, recibiendo así más de lo que podían haber deseado”.
Pasaron los años y seguimos caminando a la par, como buenos amigos y quiso Dios un buen día  que nuestro emprendimiento se concretara. Estando un día domando el potro de Don Raúl, el cual bastante trabajo me daba (y  no me refiero al equino) , llegó al haras Felipe; lo noté triste, agitado pero habiendo estado Don Raúl unos momentos antes con sus exhaustivas peroratas sentía que la sangre me mí hervía y no le di mucha importancia.
-Don Raúl quiere que use espuelines, ya le he dicho 20 veces que este caballo no necesita espuelines. Y le explico y le explico y dale que va, sigue con lo mismo, parece que no entiende. No sé que se mete si la que lo está domando soy yo- hago una pausa y suspiro- estoy segura que puedo con el potro, es un pingazo, pero con el dueño la veo difícil.
Felipe recorre el picadero con la mirada, como si hubiera ignorado todo lo que yo había dicho antes y tranquilamente me dice:
- ¿Te acordás de aquel experimento que hicimos en primero? ¿El de la rosas azules?
- Si, aquel que dejábamos una rosa en agua con colorante y se teñía.
-Sí, ese ¿te parece que la rosa elige teñirse de azul?
 - Y no ¿Cómo una rosa va a decidir teñirse?
- Bueno quizás ella no lo decida, porque es una rosa pero ¿te imaginas que sería de ella si no absorbiera el agua con colorante?
 - Se moriría.
- Exacto, se moriría porque el agua la mantiene viva; así que ella no decide teñirse pero ante la necesidad de sobrevivir toma el agua con colorante porque junto a esa sustancia extraña y dañina para a rosa también hay un componente vital para ella, el agua. Entonces lo acepta y lo afronta aunque sepa que eso no es para ella pero aún así no lo evita, muy por el contrario, lo transforma, como también el colorante la transforma a ella y a mi juicio hasta queda más bonita que antes.                                                                                                                                                                                                                                                                                                        
 Esa reflexión suya me hiso entender un poco más todo y quizás entenderlo un poco más a él. Pasados 7 meses llego el día de mi graduación, el día más importante de mi vida. Pero él no estuvo ahí, aún sabiendo lo especial que era ese momento para mí no estuvo. Y me sentí sola y traicionada y una parte de mí se decepciono de él; así que fui en busca de una explicación. Al llegar a su casa no lo encontré y una vecina suya me dijo que por la mañana había visto salir una ambulancia de allí. No vacilé. Me fui al hospital tan rápido como pude. Y no era tarde. Lo vi apagado, descolorido, sin fuerza alguna ya, en la camilla del hospital, conectado a un tanque de oxigeno y otras maquinas más. Las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos. Hacía más de un año  estaba luchando  contra el cáncer de pulmón, razón por la que había vuelto a Uruguay. Y no me había dicho nada.
 Tomé su mano fría y él me correspondió con una tímida sonrisa.
- ¿Por qué no me contaste antes? – Dije yo entre llantos.
Se retiró la mascarilla con dificultad y con voz débil me habló:
- No quería preocuparte. Mi tiempo ya estaba limitado, ya no había más que hacer pero vos, vos tenías el mundo por delante. No podía hacer más que ayudarte Mica, vos siempre fuiste mi amiga y si no fuera por vos hoy no estaría acá. Sé muy bien que estando en la escuela eras vos la que ponías una parte de tu merienda en mi mochila porque yo no tenía nada que comer, a veces era eso y una taza de leche lo único que comía en todo el día. Y nunca te lo agradecí y nunca te importó que te lo agradeciera porque lo hacías de corazón  - una lagrima se desliza lenta y fría por mi mejilla y aprieto más fuerte su  mano, tras una pausa prosigue- No me estoy muriendo Mica, solo te dejo por un tiempo, ahora te toca a vos volver  mi, se que lo vas a hacer, se que lo vas a lograr todo y que vas a sacar adelante nuestro haras. Vos podes. No me olvidé de tu graduación, felicitaciones nueva veterinaria, disculpa que no pude estar ahí pero sabes que estoy orgulloso de vos. Solo una última cosa te quiero pedir antes de irme: nunca pero nunca olvides nuestra amistad porque es ella la que te va a impulsar en tiempos difíciles.
Se me cerró el pecho en llanto y no pude hacer más que abrazarlo, abrazarlo tan fuerte que aún hoy recuerdo tener su débil cuerpo en mis brazos y su perfume impregnando mi piel, pero se tenía que ir. El electrocardiógrafo comenzaba a hacer un ruido continuo, perturbante y en la pantalla dibujaba una línea recta. No recuerdo momento de mayor desesperación y angustia que ese, ni sensación tan desgarradora como aquella.                                             Hoy visto mi más sentido luto, junto a un ataúd de refinada madera y delicadas puntillas. Sobre  el pecho del pálido cuerpo que solía encerrar el alma más pura y bondadosa que haya conocido, coloco mi ramo de rosas azules que parecen recordar sus pupilas color cielo.